Este post está dedicado a
Enrique Arias Valencia,
veterano lector del blog y
querido amigo que nos
ha dejado.
Durante los últimos siglos de la Edad Antigua, la sabiduría fraguada por los filósofos de la Grecia clásica se había llevado a cotas inéditas en innumerables escuelas.
Todas esas escuelas decían buscar la verdad: aunque hoy tenemos muy clara la diferencia entre ciencia y religión, entre inmanencia y trascendencia, entre conocimiento y creencia, no era así en aquellos días y seguramente un experto en geometría y un jefe de secta serían percibidos ambos como sabios.
Por otro lado, si un observador contemporáneo pudiera viajar y juzgar con nuestros criterios las escuelas de sabiduría que llenaban entonces los barrios de Alejandría, no tardaría en darse cuenta de que podría clasificar a estos sabios en dos grupos:
Algunos de ellos eran herederos del saber de las escuelas clásicas que hacían prevalecer la especulación sobre la percepción de nuestros sentidos, siempre sujetos a ilusiones; la reflexión pura era superior al trabajo manual, propio de las castas inferiores. Eran estos sabios creyentes en un mundo paralelo perfecto, frente al mundo corruptible donde vivimos. Éstos venían fundamentalmente de Platón a través de Plotino, quien había concebido una especie de monoteísmo. Quizá debido a ese principio monoteísta, muchos de estos filósofos alejandrinos amalgamaron a sus ideas las que las sectas mesiánicas judías estaban diseminando por el Norte de África. Tradujeron la palabra hebrea «mesías» por la griega «christos» y fueron prolíficos en doctrinas y sectas que acabarían cristalizando en una religión imperial.
A la izquierda, la Asunción por Poussin, a la derecha, un motivo similar por Soasig Chamaillard
Otros de estos sabios, por el contrario, consideraban importante la observación; los fenómenos físicos, los movimientos de las estrellas y la sospecha de que el mundo material merece más la pena que soñar con mundos paralelos y con todo ello, apreciaban los placeres de los sentidos. Procedían de filósofos clásicos como Leucipo, Demócrito, Hiparco, Diógenes, Epicuro y tantos otros, de los cuales apenas han llegado textos a nuestros días, y de ingenieros e inventores como Arquímedes, Herón, Ctesibio o Filón de Bizancio, cuyos logros técnicos tardarían muchos siglos en igualarse.
Esta clasificación, como decíamos al principio, es muy general y burda. Por ejemplo, Hipatia de Alejandría (de la que hablamos largo y tendido en su momento) era neoplatónica, pero eso, en lugar de apartarla de los trabajos manuales, la hizo perfeccionar los instrumentos astronómicos, para poder observar mejor un cielo que se consideraba más cercano al mundo espiritual incorruptible que nuestra región sublunar. Las matemáticas eran usadas por los ingenieros, pero también por los astrónomos que soñaban con otros mundos y filósofos que las consideraban una forma de gramática de la divinidad. La misma Hipatia escribió un tratado sobre las cónicas, curvas que tardarían siglos en revelar su importancia en nuestra comprensión de la mecánica del Sistema Solar.
Carl Sagan con un modelo a escala real del Viking, uno de los primeros ingenios de construcción humana que se posaron en Marte
Los partidarios de la creencia y la fe, pese a que su reino no era de este mundo, ganaron poder político. Desdeñosos o temerosos del mundo material, expectantes de un apocalipsis próximo o de una salvación sobrenatural a través de la Gracia, la Gnosis o la ascesis, los poderosos clérigos se dedicaron a perseguir y erradicar el saber científico. El mundo occidental se sumió en una pesadilla de superstición e ignorancia de la que tardó siglos en despertar.
Se podrían encontrar paralelismos entre esa época, en la que la historia hizo tan trascendental elección, y la actual:
Como entonces, el conocimiento ha alcanzado cotas inéditas: por poner solo dos ejemplos notables, recientemente se ha observado el bosón de Higgs, evento trascendental para el conocimiento de la materia y, hace solo unos días, se ha puesto a trabajar un complejo laboratorio en la superficie de Marte, el Curiosity. Algunos pensadores, como Ray Kurzweil, prevén que el imparable desarrollo de la ciencia y la tecnología que lleva consigo aseguran un futuro más sabio y feliz a la humanidad.
El Curiosity, destacado en azul, en una foto tomada desde el Mars Reconnaissance Orbiter. Fuente: Nasa
Cuando Raoul Vaneigem publicó su historia de las herejías, La resistencia al cristianismo, en su prefacio, firmado en 1992, decía que se trataban esos temas con el ánimo del historiador, de la curiosidad por las cosas pasadas. La secularización de la sociedad parecía imparable. Sin embargo, desde entonces vemos preocupantes regresiones en el laicismo en Estados Unidos, Europa y América Latina; así mismo, nuevos islamismos se instalan en muchos países de África, Oriente próximo y medio. Existen actualmente tantos movimientos y sectas milenaristas como los que hubo en la Palestina del s. II a.C., en la Alejandría del s. III o en la Edad Media Europea. Estos movimientos emplean todo el poder del que disponen para agredir los avances sociales y científicos.
Cuando el Curiosity se posó con éxito en el cráter Gale muchos compartimos con gran emoción ese momento en directo, gracias a internet, en conexión directa con la Nasa y recibiendo información que nos llegaba desde 248000000 km de distancia. Parece un paso irreversible en el conocimiento y la exploración humana. Pero quién sabe si dentro de un tiempo habrá escépticos de la exploración marciana, negacionistas del Curiosity.
¿Es su última palabra?
En la Antigüedad y la Edad Media se consideraba que más allá de la esfera a través de la que orbitaba la Luna comenzaban las regiones perfectas y espirituales, en oposición al mundo material e imperfecto de lo que quedaba abajo, en nuestra región sublunar; hoy sabemos que, como sugirió Giordano Bruno, los cuerpos celestes son otros mundos, tan materiales como el nuestro. Hoy en día, cuando en Marte hay dos satélites artificiales orbitando y dos rovers operativos en su superficie, fotografiando y analizado las rocas, los gases y las radiaciones del lugar, parece imposible que queden vestigios de esas antiguas creencias. Sin embargo, perviven elementos a los que subyace esa cosmovisión. Cada día, y sin que la disonancia cognitiva les abrume, miles de personas leen su horóscopo, creencia que postula la naturaleza espiritual de los astros y el geocentrismo. Cada 15 de agosto, como hoy, millones de cristianos celebran la Asunción de María, aquella mujer cuya carne era tan pura que tuvo el privilegio de no necesitar despojarse de su envoltura material para ascender a las regiones supralunares. Gente que ve televisión por satélite a diario, usa gps y telefonía móvil –tecnologías que implican conocimientos como la velocidad de la luz y la teoría de la relatividad, incompatibles con la idea de la esfera de las estrellas fijas– rinde culto hoy a ese símbolo del desafortunado encuentro de la culpabilidad semítica con el odio a la materia platónico, que fue definido como dogma en 1849.
El desarrollo del conocimiento científico y tecnológico no sólo es nuestro deber moral como especie, es nuestra única esperanza para un futuro mejor.
El personaje de la capitular es Marvin el marciano, de los dibujos animados de la Warner. La captura de ¿Quiere ser millonario? ha circulado mucho por la red, pero parece ser un fake.
El desarrollo del conocimiento científico y tecnológico no sólo es nuestro deber moral como especie, es nuestra única esperanza para un futuro mejor.
El personaje de la capitular es Marvin el marciano, de los dibujos animados de la Warner. La captura de ¿Quiere ser millonario? ha circulado mucho por la red, pero parece ser un fake.




























