En la narración fantástica la causalidad es más rigurosa que en las pretendidamente realistas: la causalidad en la realidad es tan compleja que resulta menos intuitiva, menos verosímil para un relato que la limitada, ordenada y fatal causalidad de la fantasía.
Quien primero identificó esta ley de la narración fue Borges; nos previene, a propósito de los escritores de realismo «psicológico», de que «han demostrado hasta el hastío que nadie es imposible: suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia; personas que se adoran hasta el punto de separarse para siempre, delatores por fervor o por humildad... esa libertad acaba por equivaler a al pleno desorden.» (Introducción a
La Invención de Morel).

En el ensayo «El arte narrativo y la magia» desarrolla la cuestión y, al final, resume: «He distinguido dos procesos causales: el natural, que es el resultado incesante de incontrolables e infinitas operaciones; el mágico, donde profetizan los pormenores, lúcido y limitado. En la novela, pienso que la única posible honradez está con el segundo. Quede el primero para la simulación psicológica.».
Tras ver la película, los peores temores expresados en el post precedente se han confirmado. Los principales errores de la saga son dos: la violación de la ley expuesta más arriba y el olvido de la base de la narración cinematográfica, es decir, administrar la información con imágenes en movimiento.
Eso sí, los artistas de grafismo digital y dirección artística han hecho un gran trabajo.